Agosto resalta con la celebración de la Asunción de María, lo que nos invita a reflexionar – a partir de la figura y el ejemplo de María – sobre nuestra actitud de servicio para con los demás: para con nuestra propia familia, nuestra comunidad, nuestros prójimos.

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PROPUESTA DE ORACIÓN A PARTIR DE LA PALABRA DE DIOS

María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas ésta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su vientre, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: “¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi vientre. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor”. María dijo entonces: “Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque él miró con bondad la pequeñez de su servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz (Lc 1, 39-48).

Como en agosto celebramos eclesialmente la Asunción de María, una de las fiestas más importantes de nuestra madre, proponemos que este primer viernes meditemos y nos unamos en oración en torno al Evangelio que preside esa hermosa conmemoración.

En estos tiempos en que el Papa Francisco nos invita una y otra vez a “salir”  de nosotros mismos y llevar el mensaje evangélico a toda la sociedad, que la Iglesia salga a la calle (confr. discurso espontáneo a los jóvenes argentinos en la Jornada Mundial de la Juventud, del 25 de julio pasado) María se nos presenta como el mejor modelo a seguir. La Madre relativiza su situación (complicada con José,  con su familia, con la Ley judía, con el estado del embarazo)  y se pone al servicio de quien la necesita. Se arriesga a un viaje complicado, inseguro cuando contaba con muchas justificaciones para no hacerlo. Su vida ha sido bendecida con la “visita” inesperada del Ángel de Dios y tenía urgencia en compartirlo con sus seres más queridos. No podía callar, no podía guardarse la gracia. Siente ardor por “compartir”, “comunicar”, “contagiar”.

Como a María, el Señor también nos llama a ponernos en movimiento, a dejar nuestras preocupaciones, nuestras urgencias, nuestras comodidades para llevarles a otros la alegría de ser bendecidos por Dios, su mensaje de Amor y la dicha de ser sus discípulos. Podemos preguntarnos ¿qué gracias, qué dones y talentos tengo para compartir con otros? ¿Qué cosas o circunstancias me retinen o me repliegan?

En el pasaje evangélico que meditamos es muy significativo que María va a servir a una “familia”, a “su” familia. María era una jovencita alegre, que contaba con toda la energía y vitalidad propia de los chicos de su edad y, por lo tanto, estaba dispuesta  a “hacer lío”, como apreciaría hoy nuestro querido Papa (discurso antes citado). Era una joven con sueños y proyectos acordes a lo establecido en su cultura. Dios irrumpe en su vida para cambiarlo todo. Ni bien le es revelada la gran noticia de su maternidad corre a ponerse a disposición de su prima. Se pone a su servicio, la Madre de Dios “disminuye” para que Dios se haga grande en ella. La bendición de Dios hace que urja en ella el servicio y la necesidad de estar al lado de quienes ama y necesitan de su cercanía. Esta actitud en la Madre de Dios la preservará por siempre, como cuando presidirá la primera comunidad cristiana, luego de la Venida del Espíritu Santo (confr. Hch 1, 14) o a lo largo de la historia de la humanidad, en sucesivas apariciones (Lourdes, Fátima, El Cajas –Ecuador–, Medjugorje, San Nicolás, por citar algunas).

María va a servir  “llena del Espíritu Santo” (Lc 1, 35). Isabel, también en Espíritu (Lc 1, 41), recibe una enorme bendición cuando María la saluda. El niño salta de alegría en su vientre. Ambas mujeres se comunican “en Espíritu y en Verdad” (Jn 4, 23) más allá de la vinculación humana y familiar que las ligaba. María y su prima Isabel son personas de gran interioridad. Imaginemos su vida sencilla, pobre y virtuosa. Sus encuentros con Dios ocuparían gran parte de su día, visitarían frecuentemente el templo, ayudarían a los necesitados. Su generosidad y bondad las harían únicas.  Estas circunstancias nos cuestionan ¿cómo nos comunicamos? ¿Qué comunico en mis encuentros con los otros, en mi servicio eclesial (al Espíritu Santo o solo a mí mismo)? ¿salgo al mundo y al servicio a partir de una vivencia profunda de interioridad?

Aunque María desarrolla su vida desde su honda experiencia de encuentro con Dios,  sus pies están sobre la tierra. No se queda en idealismos. No se queda meditando en los misterios que le fueron revelados, sino que se lanza al servicio concreto de quienes la necesitaban. Es una mujer humana y espiritualmente madura. Puede integrar “gracia” y “naturaleza humana”. ¿Qué me pasa a mí? ¿Puedo integrar la experiencia de Dios con el desarrollo de la vida o cada aspecto corre por su lado?

Más allá de las preocupaciones que su situación de embarazo le trae, María es feliz porque el Señor miró con bondad su pequeñez, su humildad. Su gozo es poder cumplir con la voluntad de Dios. ¿Qué cosas me hacen feliz? ¿Me alegro o padezco por ser humilde?

María fue a casa de Zacarías e Isabel sin que la llamen expresamente. Intuyó que allí era necesaria. Igual que en Caná, nadie le pidió que hiciera algo en relación con la falta de vino (Jn 2, 3). Descubrió la necesidad y actuó. Muestra una especial sensibilidad –femenina y maternal– para las necesidades de las familias. Así lo hace hoy en nuestras familias.

Podemos concluir esta meditación pidiéndole a la Madre que venga a nuestras familias, que entre en los hogares de las familias de nuestras diócesis, parroquias, comunidades eclesiales. Podemos ofrecer a su intercesión nuestro servicio para que también nosotros, cuando entremos en una casa, cuando nos acerquemos a alguna familia para acompañarla, transmitamos el ardor y el impulso del Espíritu Santo que transforma, alegra y pacífica, como lo hizo ella al llegar a casa de Isabel.